Leonardo Camina
* * * * *

Karina Valcárcel
Él robaba sus lápices
Leonardo tiene veintitrés años. Odia su nombre y los números impares.
Trabaja en una tienda de relojes a dos cuadras de su casa; pero nunca llega a tiempo. Sus ojos rasgados se desvanecen con la luz solar de media mañana y su cabello brilla envuelto en grasa y olor a cigarrillos.
Leonardo camina y silba.
Lleva las manos en los bolsillos de su pantalón beige, que es el único pantalón decente que le queda. Siempre que esta a punto de caer piensa:
-Brazo derecho, pierna izquierda...debo mover los brazos al caminar.- pero nunca lo hace.
Ve un mundo de tiza celeste sobre la acera casi destruida , entonces salta pero no llega hasta cien, el cielo no puede estar tan cerca. Se detiene en la puerta de un café .
Observa los afiches con las ofertas y los menús, corrige mentalmente las faltas ortográficas y piensa que un descuido así desmerece totalmente que se haga efectivo su consumo en ese lugar. Continua su camino. Recuerda su necesidad de hacer una llamada telefónica a un primo lejano que le debe algún dinero, pero no tiene monedas y tiene que comprar un periódico barato para conseguir cambio. Para cuando llega al teléfono ya olvidó el número a marcar y mas grave aún, a quien iba a llamar. Lee la primera plana que porta noticias sosas y fotos de mal gusto, luego de quedarse con un par de páginas arroja el periódico en un jardín. Se queda con la sección de policiales para hacer un barco de papel en los momentos de aburrimiento.
Trabaja en una tienda de relojes a dos cuadras de su casa; pero nunca llega a tiempo. Sus ojos rasgados se desvanecen con la luz solar de media mañana y su cabello brilla envuelto en grasa y olor a cigarrillos.
Leonardo camina y silba.
Lleva las manos en los bolsillos de su pantalón beige, que es el único pantalón decente que le queda. Siempre que esta a punto de caer piensa:
-Brazo derecho, pierna izquierda...debo mover los brazos al caminar.- pero nunca lo hace.
Ve un mundo de tiza celeste sobre la acera casi destruida , entonces salta pero no llega hasta cien, el cielo no puede estar tan cerca. Se detiene en la puerta de un café .
Observa los afiches con las ofertas y los menús, corrige mentalmente las faltas ortográficas y piensa que un descuido así desmerece totalmente que se haga efectivo su consumo en ese lugar. Continua su camino. Recuerda su necesidad de hacer una llamada telefónica a un primo lejano que le debe algún dinero, pero no tiene monedas y tiene que comprar un periódico barato para conseguir cambio. Para cuando llega al teléfono ya olvidó el número a marcar y mas grave aún, a quien iba a llamar. Lee la primera plana que porta noticias sosas y fotos de mal gusto, luego de quedarse con un par de páginas arroja el periódico en un jardín. Se queda con la sección de policiales para hacer un barco de papel en los momentos de aburrimiento.
Hacer – Deshacer – Rehacer .
Una carabela, un buque o un yate.
Cuando su reloj ya se ha detenido tres minutos atrás, se percata que se han desatado las agujetas de sus zapatos. A punto de entrar en la tienda donde trabaja, Leonardo abandona las páginas que le quedaban de aquel periódico gris, consume un caramelo de café para evitar la modorra.Una carabela, un buque o un yate.
Leonardo no llega al trabajo temprano, porque Leonardo nunca llega.
* * * * *

Karina ValcárcelÉl robaba sus lápices
Ernesto comía rápido.
Ernesto comía tan rápido que apenas utilizaba veinte minutos
de la hora y media que les daban para almorzar.
Era el primero en regresar a la oficina, se ponía a dar vueltas entre los
escritorios de sus amigos.
Ana también comía rápido, pero almorzaba lejos y tardaba en volver.
Entraba corriendo a la oficina, despeinada, imitando el sonido de un reloj
acelerado con el taco de sus zapatos.
Ana siempre llevaba un lápiz en la mano, iba dándole vueltas con los
dedos, lo enfundaba en su cabello, luego lo sacaba y anotaba algo con el lápiz oliendo a shampoo.
Ernesto volvía temprano a la oficina y cuando volvía se robaba el lápiz
con el que Ana había andando anotando cosas durante el día.
Lo metía en su cajón.
Luego Ana preguntaba si alguien había tomado su lápiz y como nadie
daba razón iba y tomaba otro del almacén, eso durante meses.
El día en que Ana abrió el cajón de Ernesto y vio 6 docenas de lápices que olían a shampoo fue y renunció.
Pensó que aquello era como trabajar con Norman Bates.
A Ernesto lo botaron.
Unos meses después ambos se encontraron en una fiesta.
Se perdonaron, se bebieron todos los Whiskys, se fueron juntos.
Hoy tienen dos hijos y un departamento con plantas verdes en un barrio bonito de la ciudad.
Ana no sabe, pero cuando Ernesto le hace el amor, piensa en los lápices
enredados en su cabello. Y Ernesto no sabe pero cuando Ana le hace el amor, piensa en el cajón de Ernesto lleno de lápices con olor a shampoo.
Pierre Castropublicado en "Heridita" #02
Azahar : Una escena cotidiana
-“Hoy ha salido el sol más temprano, para mí”.- dijo emocionado.
Luego de dar un largo bostezo, estiró el cuerpo y puso los dos pies en el suelo.
El perro asomó por el tejado y persiguiendo su cola, saludó al amo.
-Guau, guau,
No era la primera vez que hacía eso y no le pareció extraño.
-Pobrecito está buscando gata ...
Dio el segundo paso, cogió el control remoto con ambas manos.
Encendió la tele y mientras se miraba en el espejo escuchaba las noticias.
-“Necesito ir al gimnasio”. (cualquier parecido con la realidad es coincidencia)
El gato hizo su entrada, se saco el sombrero y le ofreció el desayuno.
-¡Huevos fritos otra vez!. Tienes que aprender a cocinar
Una gruesa lágrima formó legaña en el felino que entre la furia y el llanto, dejó caer la ultima taza de té.
-Gato malo. gato malo.....eres un mal gato.
Resignado, con el rabo entre las piernas, recogiendo los pedazos con sus pequeñas garras. Se fue.
No era la primera taza que rompía y no le pareció extraño.
Terminó de vestirse, apago la televisión, encendió la radio y cerro la puerta con seis vueltas de llave.
Hizo una cruz con los dedos, dejo atrás su casa y se marchó cantando.
-“Hoy ha salido el sol mas temprano para mí”- Cruzó la pista sin mirar
a los costados, total el semáforo siempre estaba en rojo.
La suerte no estuvo de su lado esta vez.
La sangre derramada en el pavimento y aquel cuerpo sin forma
decoraban tibiamente la avenida.
El perro miró a lo lejos la escena y llamó de inmediato al gato
no era la primera vez que observaba un amo muerto y no le pareció extraño
Dando brincos volvió a mover la cola, invitó a sus amigos a almorzar.
Gianfranco Salvatorepublicado en: Las vidas del gato



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